Miuccia Prada es la protagonista del nuevo número del suplemento T del New York Times, y la entrevista que concede en páginas interiores del magacín (voy a empezar a llamar como una loca a mis amigos neoyorquinos, Irene, hello! para que me manden inmediatamente uno) no es que no tenga pérdida, es que debería ser de lectura obligatoria en las escuelas de moda. ¿Alguna alumna en la sala? Espero que sí. No me extraña que Ghesquière reconozca abiertamente poco más que mataría por trabajar con ella, si es que esta mujer es profundamente necesaria porque engloba y representa todo lo que la moda debería ser y es bajo una sola insignia. Con sus contradicciones y profundidad. Su belleza y fealdad. Su nadería, valor simbólico y sobre todo: su peso en oro. Digamos que a Miuccia la moda le sirva para proyectar el resto de sus pretensiones intelectuales y artísticas pero da la casualidad de que aunque ella insiste que lo que importa son las ideas, los trapos a secas, se le dan de maravilla. Para ella, la moda es vehicular. Si su familia en lugar de tener un negocio de marroquinería de alta gama hubiera poseído una editorial o una galería de arte, seguramente le hubiera dado por las letras o los cuadros y tan feliz. Pero menuda pérdida señores. Porque gracias a esa animosidad que siente de manera congénita la señora Prada por la ropa, le sale lo que le sale del bolo.


Miuccia es la Bardem de los diseñadores. Ah comunista de pensamiento y capitalista de obra. No quiero yo enzarzarme en discusiones de este tipo porque no es el sitio, pero vamos, unos dirán que incongruente como Javiercito y su madre (ellos lo único es que son unos plastas), yo digo que la más grande gracias a esa paradoja (la coherencia lo primero que requiere es ser contradictorio). Mirad, lo que me puede de Prada es que no va de nada y no hay tía más sensata en toda la industria. Me hace una gracia tremenda como a mitad de entrevista el periodista, que la tiene por mujer con un par a la que no se le pone nada por delante le pregunta por qué ella que es una de las pocas creadoras no obsesionada con la juventud, no se anima a cambiar las reglas. “Porque no me atrevo” va y le responde.